VULPES

          Vulpes tiene las patas cortas, el hocico estrecho y alargado, las orejas rectas y triangulares, el pelaje espeso, y el rabo largo y tupido. Mide casi un metro, sin contar la cola, pesa cerca de 7 kg y se distingue por sus orejas y pies de color negro, con la punta del rabo blanca. Su capa de pelo es de un color rojo-herrumbroso en el dorso y en los flancos, y blanco grisácea en la parte ventral. A sus cinco años aún es muy alegre y juguetón, siempre va olisqueando todo lo que se encuentra por el camino, pero también es astuto y cauto. Es el zorro rojo más hermoso de todo el monte de la Marquesa..

          En las noches de verano suele acercarse a Cierralacuesta, y allí sentado sobre sus patas traseras divisa todo el pueblo, y parece como si vigilase que todo estuviera en orden, que aquella paz y aquella tranquilidad no van a cambiar nunca. Pero sabe que no es así, sabe que las gentes del pueblo no le quieren mucho, y que cuando se levante la veda deberá cambiar de lugar y esconderse del peligro de las escopetas. Aunque mantiene la mirada atenta a la torre, que destaca por encima de los tejados, no pierde de vista los ningún pequeño movimiento que se produce a su alrededor entre la maleza.

          Nunca ha hecho nada contra los hombres, en cambio estos le culpan de las fechorías que hacen las comadrejas y algunos perros salvajes. Si le ven, intentan darle caza para matarle y arrancarle la piel, para que después una mujer presuntuosa la exhiba en su cuello. Se le antoja extraño que alguien quiera llevar un cadáver de un animal en el cuello a modo de ornamento. Pero los humanos a veces son terriblemente complicados e irracionales.

          Algunos días, y con sumo sigilo, se atreve, incluso, a llegar a las piedras de la cocinilla y tomar algo de la sal que allí se vierte para las ovejas y las cabras. Pero normalmente los perros de los corrales de las eras dan la voz de alerta, y debe salir corriendo hacia arriba antes que nadie tenga la desdichada idea de acabar con él. Otros días sale por detrás la caseta del Tío Marín, a las viñas, cuyas uvas aún están verdes, y casi por la Sinova, bien alejado del pueblo, cruza la carretera camino a la presa de Alcoba donde suele beber cuando el sol del verano ha dejado los charcos del monte completamente secos.

          Antaño, alguna vez le daba por subir por Valdecazada, e incluso llegar a la Loma y darse una buena vuelta, pero no le gustan demasiado aquellos lares fuera de su territorio habitual. Una vez tuvo varios encontronazos con otros zorros y le pareció oler hasta el rastro de un lobo. Decidió que no volvería más por aquellos parajes, en su monte él era el rey y no debía rendir cuentas a nadie.

          Una noche de agosto, vigilante como otras noches en Cierralacuesta, le invadía un sentimiento de libertad, el mismo de cada año por esas fechas. Después de haberse apareado y emparejado durante el invierno, y haber ayudado llevando comida para las crías a su hembra, había recobrado la libertad que tanto le gustaba. Esa libertad en la que nadie dependía de él, ni había otra necesidad que las suyas propias. Sentado, mirando con soberbia por encima de su hocico se sentía dichoso. Alzó la vista y pudo asistir en el silencio de la noche de luna nueva al espectáculo de las perseidas, las lágrimas de San Lorenzo como las llamaban los lugareños, mientras una ligera brisa movía suavemente su pelaje, y le traía el aroma de deliciosos manjares desde el pueblo, tan apetecibles como inaccesibles.

          Al alba, y con los primeros rayos de un sol que prometía abrasar la tierra, decidió abandonar la vigilancia y el acecho, y volver jugueteando y entreteniéndose a su guarida cerca del Portillo del Quemado. A su vieja madriguera que le protegía de todos los males del exterior durante las horas de sol.

          Mientras volvía enredando entre la maleza se le cruzó en su camino un olor particular, característico y conocido, que le inmovilizó durante unos segundos, levantó su pata derecha y dirigió las orejas en dirección al intenso olor. Un gazapo había cruzado aquella senda hacía un instante y debía encontrarse a escasos metros a su derecha. Con todo el sigilo que pudo, siguió su camino, pero al llegar a la segunda encina giró hacia la ladera de la montaña, y dando la vuelta casi imperceptiblemente y con sumo sigilo se situó en un plano un poco superior al del gazapo. Si alguien creía que la astucia del zorro era pura leyenda ahora podía asistir a una lección magistral de pericia en la caza. Permaneció unos segundos quieto e inmóvil, hasta que sus ojos detectaron el movimiento de la presa, flexionó ligeramente las patas y saltó hacia el aire como impulsado por un resorte. Un salto más alto que largo pero fue a caer encima del gazapo y sus fauces apresaron a su víctima por el cuello, dos movimientos bruscos a izquierda y derecha y ya no hubo ninguna resistencia. Con el animal colgando de su boca, se dirigió hacia su madriguera donde dio buena cuenta del desayuno.

          Pocas eran las veces que se podía dar un festín como aquel, y muchas las que los humanos le responsabilizaban de haber acabado con los conejos y las liebres, obviando que enfermedades provocadas y escopetas descontroladas habían sido las causantes de todo el daño. Mientras comía pensaba en sus crías, aquellas que ya habían abandonado la madriguera y habían empezado a andar por su cuenta. Sabía que a duras penas alguna de las cinco sobreviviría hasta el invierno. Jóvenes y sin experiencia serían presa fácil para los perros de los cazadores, e incluso para los propios cazadores. Sin darse cuenta las propias crías se meterían en la boca del lobo. Atraídas por la comida fácil de la basura, de los animales domésticos, del ruido, y de los olores, se acercarían sin cautela al pueblo, y allí dejarían su vida en manos de los canes y de los hombres.

          Vulpes, seguía comiendo aquel gazapo, resignado al devenir de la especie.

          Así iba pasando su vida, la vida de cualquier animal salvaje, metido en su entorno, en su ambiente, procurando evitar al hombre para no sucumbir a la sinrazón humana. Cazando no por placer sino por subsistencia. Y de la misma manera volvió la época de caza, y se supo en ese momento, como ya le había ocurrido en años anteriores, presa en vez de depredador. Aunque nunca había sentido el aliento de la perdigonada a sus espaldas la había oído a lo lejos, y no podía menos que estremecerse por la víctima de aquel disparo. Los humanos sabedores de sus costumbres solían apostarse al alba a esperarlo e incluso cuando salía por la noche debía andar con cuatro ojos pues tras cualquiera vieja encima le parecía asomar el cañón de la escopeta.

          Salió un atardecer de finales de octubre, cauteloso y precavido, con el objetivo de ir a las viñas a tomar algunas uvas allí abandonadas antes de apostarse para iniciar la caza, cuando un olor conocido le detuvo. Era el olor de un vehículo que no hacía mucho había pasado por allí. No se oía nada pero aquel olor a gasoil estaba impregnado en el monte. Después de levantar el morro y olfatear el aire volvió a bajar la cabeza y mientras se dirigía presto a las viñas iba deshilvanando todos los olores que tiene el monte. Por allí habían pasado, conejos, zorros, una comadreja, un lagarto, incluso una paloma había parado, muchas ovejas, tres perros, un pastor y... cazadores. Este último olor le puso el lomo erizado. No le gustaba el olor del cazador, el olor de pólvora, de canana, de cuero, el olor de muerte.

          Salió corriendo para dejar el rastro lo más atrás posible, asegurando así su supervivencia. Unos cientos de metros más adelante volvió a su marcha normal, entre divertida y detectivesca, ahora olisqueando este vallejo, ahora estos matorrales, descuidado y despreocupado. Llenándose la pituitaria de los aromas del monte en otoño. De repente un nuevo aroma le invadió la nariz, aquel era un olor doblemente conocido, lo siguió, por un lado el olor de la muerte, por el otro el de alguien cercano, fue acercándose muy cautelosamente hasta constatar el cuerpo sin vida de uno de sus vástagos. La cría, aunque casi de tamaño adulto yacía en el suelo, inerte. Vulpes la inspeccionó a fondo, inspeccionó su herida de arma de fuego, inspeccionó el reguero de sangre proveniente de lo alto de la colina, levantó el hocico y olió el aire, pero no le devolvió el olor del cazador. Lamió el hocico reseco de la cría, se dio media vuelta y siguió con su camino, incapaz de sentir el dolor y la angustia de un humano y afortunadamente, también, incapaz de provocarlo en la medida que lo hacen los humanos.

          Le costaba tanto entender a los hombres, capaces de las mayores de las sensibilidades y de las más horribles de las torturas. Podían jugarse la vida intentando salvar a un gorrión y acabar cruelmente con toda una especie animal. Matar a un animal y sencillamente dejarlo abandonado en el monte. Capaces de matar por deporte… esto último era lo que menos entendía…. ¿qué placer se podía obtener de la muerte de algo que no fuera para comer? Él, es un experto cazador, un depredador contumaz, astuto, fuerte y despiadado, pero jamás ha matado nada que no fuera a comerse. Las viejas leyendas que le sitúan dentro de los corrales matando a gallinas por doquier y solo comiendo una eran falsas. Él mata lo que necesita para subsistir, y no hará esfuerzo alguno en cazar por placer. Y aún menor es su empeño en gozar del sufrimiento de un animal… pero los humanos, los humanos son harto extraños en ese extremo. Les gusta ver morir a los animales, disfrutar con su agonía, jaleando los vómitos de sangre, torturándolos hasta desangrarlos… pero al mismo tiempo no son pocas las veces les ha visto llorar desconsolados por la muerte de un ser. Curiosa especie la humana, muy curiosa y muy peligrosa.

          Decidió cambiar su madriguera a lo alto de la tercera cima, y nunca más volvió a asomarse al pueblo, ni a acercarse a Cierralacuesta. Nunca más quiso saber nada de los humanos, y quizás gracias a eso sigue vivo. Si algún le veis entre la jara, o corriendo entre las chaparras jóvenes, o deslizándose entre las cepas, o intentando esconderse en el rastrojo, disfrutad de él, disfrutad de su visión, de la visión del zorro más bonito del Monte de la Marquesa, y dejadle vivir, él lo haría por vosotros.

Autor: Lobatus Sorianus