EL ÚLTIMO SORIANO

UN KILÓMETRO POR CADA HABITANTE

Autor: Juan Carlos de la Cal - Periodista (artículo publicado el 22 de agosto de 2004 en "El Mundo")

SORIA ha perdido la mitad de su población en medio siglo y hoy es uno de los tres desiertos demográficos que existen en Europa. A pesar de que oficialmente el índice de su calidad de vida está entre los más altos del mundo, la provincia se sigue vaciando y muriendo cada día un poco más.


Imagínese vivir en un lugar donde apenas existe desempleo -un 3%-, listas de espera en los hospitales, inseguridad ciudadana ni colas interminables en los expedientes judiciales. Imagínese la vida en una región donde cada habitante toca a más de 2.000 árboles por cabeza, el índice de calidad de vida es equiparable al del cuarto mejor país del planeta (Bélgica) y la esperanza de vida es una de las mayores del mundo con casi 82 años. Ese lugar se llama Soria y existe. Pero, ¿hasta cuando? .

Porque, como todo paraíso que se precie, la región castellana tiene una trastienda que hipoteca su futuro a medio plazo. Ese mismo lugar es considerado como uno de los tres desiertos demográficos de Europa -junto a Laponia y el norte de Escocia- con una densidad media de 8,8 habitantes por kilómetro cuadrado (en muchas comarcas apenas llega a uno); es la zona más envejecida del ya de por sí Viejo Continente -el 27% de los residentes tiene más de 65 años-; una provincia con sólo 30 kilómetros de autovía, el 90% de su territorio fuera de cobertura de las líneas ADSL y con más de la mitad de su población emigrada.

Parece que, tras demostrar que Teruel existe, ahora les toca el turno a los sorianos. Pero en este caso es algo más profundo: se trata de su propia supervivencia como provincia, de salvaguardar su propia identidad y de que dentro de unas décadas no hablemos del soriano como una especie humana protegida.

«En medio siglo la provincia ha perdido casi la mitad de su población -de 160.000 en 1950 a los 90.000 actuales-. Ahora, todos juntos apenas llenaríamos el Bernabeu y a este ritmo, en otro medio siglo no quedará gente ni para llenar el estadio de fútbol de los Pajaritos (donde juega el Numancia), con capacidad para 10.000 espectadores. Estamos agonizando por el olvido de las administraciones», se queja Amos Acero, portavoz de la plataforma Soria Ya, creada por diferentes colectivos sorianos para llamar la atención sobre la desoladora situación que vive la provincia más despoblada del territorio español.

«Que nadie se lleve a engaño. El hecho de que los índices sociales sean tan altos se debe a que cada vez somos menos a repartir. Por no haber, no hay ni gente apuntada al paro. De ahí esa frase que dice que el último soriano será el más rico del mundo», añade Amos. Desde el fin, después de la Guerra Civil, de la época dorada de la Mesta, que durante siglos mantuvo una economía estable basada en la trashumancia del ganado, la provincia se ha desangrado de una manera casi inexplicable. A pesar de que su situación geográfica en el noreste español debería ser naturalmente favorable como cruce de caminos, Soria se quedó fuera de todos los planes de desarrollo nacionales del siglo pasado.

«Los polos industriales franquistas -la Rioja y el País Vasco al norte y Aragón al este- la dejaron al margen de las primeras redes de comunicación importantes. Más tarde, con la descentralización en marcha, pasó a ser un lugar de interés periférico para los sucesivos gobiernos de la comunidad de Castilla-León que apostaron siempre por provincias históricas como Valladolid y Burgos», asegura por su parte el arquitecto Luis Jiménez, también miembro de la Plataforma Soria Ya.

«Somos pocos porque no les interesamos. Y no les interesamos porque somos pocos. Es la pescadilla que se muerde la cola. Y, que además, aquí nos llega de segunda mano porque no sabes lo difícil que es comer pescado fresco en Soria. Para hacer cualquier obra de magnitud tienen que llamar a empresas de fuera porque aquí no existen. Yo, por ejemplo, no encuentro chóferes para mis camiones. Y los funcionarios tienen que irse a Madrid a hacer horas extras porque aquí sobran. Tenemos uno cada 90 sorianos, nada menos. El único negocio potente son las funerarias y las residencias de ancianos», afirma el empresario Pablo Rubio.

La primera impresión que produce la capital -35.000 habitantes- es que «aquí no pasa nada». Hay dos periódicos, varias revistas, cadenas de radio y televisiones locales; bancos cada dos portales; dos grandes superficies comerciales y buenas tiendas familiares; la especulación inmobiliaria es igual a la del resto del país -todos los sorianos que abandonan el campo suspiran por comprarse un piso en la ciudad- y el desarrollo urbanístico es evidente. Realmente no falta de nada. Aunque se trate de un espejismo...

La auténtica realidad soriana está a menos de 50 kilómetros de la capital. Hay comarcas como la denominada Tierras Altas donde a cada habitante le corresponde un kilómetro cuadrado.

«O sea, que cuando se muere un paisano supone un kilómetro cuadrado más vacío. Y esto es culpa, a partes iguales, de las administraciones y de los sorianos, que tienen pocas ganas de luchar por su tierra. Por un lado, la política agraria de la Unión Europea ha acabado con el campo. Les daban subvenciones a los agricultores para no cultivar. Y éstos, en vez de invertirlo en sus pueblos, se gastaban este dinero en comprarse flamantes pisos en la capital a precio de oro», afirma el empresario Carlos Martínez, dueño de una empresa cárnica en el pueblo de San Pedro Manrique, único oasis económico en esta deprimida comarca soriana.

En Soria, la muerte rural es igual que en todas partes: los primeros que se van de los pueblos son los que pertenecen a gremios consolidados: el panadero, el tendero, el del taller... Luego se traslada el médico, se despide al maestro, se cierra la escuela y se comparte cura con otros cuatro pueblos. Después los viejos se marchan a vivir con sus hijos a la ciudad o a una residencia y cada invierno se caen más techos de las viejas casas. Por último, sólo queda una heroica pareja de ancianos que se llevan a la tumba la última esperanza de su pueblo...


SUPERVIVENCIA

Así, la vida en el medio rural es una lucha por la supervivencia. Las farmacias tienen que agrupar recetas para que no las cierren; los campeonatos de fútbol entre pueblos son abiertos: en un mismo equipo juegan niños de 10 años con hombres de 20; los que se van del pueblo lo hacen sin despedirse, como si les diera vergüenza y, a cambio, mandan más dinero que antes para arreglar el tejado de la iglesia o la plaza.

El caso de Mari Paz Santolaya es típico. Tiene marido y dos hijos: Belén, de 14 años, y Cristóbal de ocho. Viven en Villar del Río -el pueblo en el que se inspiró Berlanga para su película Bienvenido Mister Marshall- y la mayor tiene que empezar este año Tercero de la ESO. Y el colegio más cercano está en la capital, a unos 50 kilómetros de distancia. «Hasta ahora, lo normal es que los críos fuesen internos desde la adolescencia, como hemos hecho todos. Pero los valores han cambiado y a mí no me apetece separarme de mis hijos tan pronto. Sobre todo cuando sabes que, a los 18 años, se van a tener que ir a otra ciudad a estudiar porque en Soria no quedan carreras universitarias de futuro», asegura la mujer.

Por eso han decidido, junto a otra familia del pueblo, irse a vivir a la ciudad con la pérdida que supone para el pueblo en el que, hasta ahora, vivían 40 personas en invierno. «Mi marido vendrá a cuidar de las tierras todos los días pero aquí se va a notar mucho: de repente nos vamos nueve personas, cinco de ellos niños», añade Mari Paz.

También está el caso de Violeta, de cinco años, que comparte clase, en el vecino pueblo de Yanguas, con seis niños más, todos de origen magrebí. Su madre, Marisol, que tiene una casa rural en el pueblo, fue la última alumna de la escuela cuando la cerraron. Y su hija ha sido la primera en la reapertura. «Por lo menos», asegura la madre «algunos pueblos de Soria seguirán vivos, aunque sus vecinos hablen otro idioma...».


COMO EN BRUSELAS, PERO SIN INTERNET

Por cada empresa nueva que se crea, se cierran dos. Por cada dos sorianos que nacen mueren tres. La rotundidad de este dato resume la gravedad del problema al que se enfrenta la provincia con menos crecimiento vegetativo de Europa. Los más pesimistas aseguran que dentro de sólo 20 años casi la mitad de la población estará en edad de jubilarse (hoy es la cuarta parte) y que nadie emigrará porque ya no quedarán jóvenes. ¿Quién los mantendrá? Sólo en Zaragoza hay más sorianos que aquí, a pesar de que la renta per cápita -casi 20.000 euros por habitante- está entre las más altas de España. Y, sin embargo, la inmigración es todavía baja -no llega al 5%- comparada con la media nacional, casi el doble. Entre otros índices curiosos destaca que los bosques sorianos producen el oxígeno que consumimos el resto de los españoles todo el año -cada soriano toca a 2.162 árboles frente a los 150 de la media nacional- y el índice de alfabetización de adultos es del 99,4%, el más alto del país. En cambio, todavía quedan 218 pueblos - la tercera parte- sin acceso a internet y sólo 11 tienen líneas ADSL instaladas. Con todo, el nivel de vida, según las estadísticas, es comparable al de Bruselas...

Autor: Juan Carlos de la Cal