TAL Y COMO ÉRAMOS

          Todo empezó el día de Navidad del año mil novecientos... bueno, no tiene demasiada importancia el año, solo deciros que por aquel entonces yo era joven y en éste pueblo aún no había agua corriente... ¿os acordáis?, seguro que los mayores si.

          Eran tiempos muy difíciles, que ahora queremos recordar con la nostalgia de que cualquiera tiempo pasado fue mejor. Pero no, recordad el frío y el hambre, el sudor y los harapos, la miseria y los llantos. Recordad de verdad, recordad el por qué nos fuimos yendo de nuestra tierra a otras extrañas que al final también hemos hecho nuestras. Recordad algo más que esa bonita imagen de las eras trillando que devuelve nuestra mente bucólica, y recordad como nos picaba el polvo de la parva, y como llegábamos derrengados a casa, y que la harina apenas llegaba de un año a otro. Recordad cuando íbamos a hacer leña y pasábamos frío, y cuando...

          Ahora ya si, ¿verdad? Bueno, pues en esos tiempos fue cuando empezó esta historia, cuando empezó mi vida.

          Amaneció una mañana fría, muy fría, como le correspondía a un día de diciembre. El cielo gris blanquecino auguraba lo que sin duda parecía inevitable: que el cielo se viniera abajo y un grueso manto blanco cubriera el suelo. Sentado junto a la lumbre del hogar, miraba a través de los cristales de la ventana la nieve cayendo sobre la chopera del río, amontonándose lentamente en los tejados y cubriendo el barro de las calles. En la mano un cacho de pan y una tajada de tocino rancio que iba seccionando con la navajilla, y ese manjar me hacía las veces de desayuno. Mientras tenía la mirada perdida en el tizón que ardía en la lumbre mi cabeza dabas vueltas a una misma idea, la misma que ocupaba mis días desde que había vuelto del servicio militar, y de eso hacía ya unos meses: la capital. No podía dejar de pensar en la capital, en los coches, la gente, y en el trabajo de manos limpias y perras contantes. Y en cambio, en vez de coche tenía mula, en el pueblo cada vez éramos menos, y menos aún mozas, y ¿el dinero?, ¿quién sabía de qué color eran los billetes de a mil?

          Se acabó la tajadilla y eché el último trago de vino. Volví a mirar a través de los cristales, por mucho que nevara me tenía que llegar a los corrales de las eras para echar de comer a las gallinas, pero no veía el momento de salir de casa. Con más valor que deseo y más necesidad que gusto, me eché la manta por los hombros, me calé la boina, aparté la cortina de la puerta y abrí el ventano. Una bofetada de aire gélido me despejó de la modorra de la lumbre, y también me dejó allí mismo aterido durante unos instantes. ¡Ya estaba! Así no podía seguir, o a la calle o a la lumbre, pero torcido en medio como los de Bocigas, no podía ser. Y las gallinas, y por ende sus huevos, me necesitaban. Volví a cerrar y me senté en el banco del portal, cogí unas cuerdas viejas y las até a las botas descosidas para no resbalar con los hielos, y ahora si estaba listo para echarme a la calle. La voz de mi madre salió del cocedero del fondo rompiendo la monotonía de mis pensamientos:

          - Échate algo por encima que está nevando.

          - Si, madre, no se preocupe que solo voy a echar a las gallinas.

          ¿Algo por encima?, por Dios, madre. Debería echarme algo encima, algo dentro y algo debajo. Pero salí de casa sin pensar más en ello, y con la sola idea de acabar pronto, y volver a la calidez de la lumbre en el día de Navidad, antes de ir a misa. Pero, pese al frío y al viento, mi cabeza se iba, se iba lejos, volvía a la capital una y otra vez, y andaba por la calle Real, absorto en mis cosas, procurando sólo poner los pies sobre la nieve recién caída, porque el barro que se veía debajo estaba helado. Y seguía pensando en la capital, casi obsesivamente, y recordaba el día que fui al cine, y me entró un no sé qué, que me revolvió el estómago mientras me instaba a que debía aspirar a algo mejor, que si que quería trabajar y mucho, pero para ganar algo también.

          Al llegar al corral y quitar el trinquete, el corazón me dio un vuelco. Mucha pluma y poca gallina. Ni huevos ni gallinas, sólo plumas. Me dio coraje, y mucho coraje. Pero me quedé unos instantes a observar: la puerta estaba cerrada cuando llegué, no había rotos en las paredes, ni manchas de sangre... las alimañas no habían sido. Mejor dicho, si habían sido alimañas, pero de dos patas… me las habían robado. Hice bajar todos los santos del cielo en un santiamén. Miré en el suelo y vi unas huellas sobre la nieve, a parte de las mías. Alguien había estado allí no hacía mucho. Las seguí por las callejas del pueblo, casi corriendo para que la nieve no las borrara. Bajé hasta la plaza, las seguí a la Calle Real, torcí a la derecha... estaba fuera de mi, cuando pillara al que había sido le iba a matar, y las huellas me llevaban al lado de mi casa. Iba cegado por la rabia pero el mismo tiempo me sentía como el detective aquel que había visto en el cine de la capital. Entré primero en casa y cogí la vieja cachaba de mi padre que aún estaba tras la puerta, y armado con ella seguí con mis pesquisas, y vi las huellas que entraban, entraban... por Dios, entraban en casa de mi tío. Me quedé atónito y perplejo, no notaba el frío ni el viento. Volví sobre mis pasos y entre en casa. Abatido. Mi madre extrañada de tanto entrar y salir sin mediar palabra salió de su alcoba, miró mi rostro desencajado y me preguntó:

          - ¿Qué pasa? ¿Has visto al diablo?

          Se lo expliqué como pude, para no destrozarla, se lo expliqué. Le dije que su hermano le había robado las gallinas, los huevos y la paz.

          Mi madre atemperó mis ánimos e impidió que reaccionara, no me permitió dar su merecido a mi tío, ni llevarlo al cuartel de la Guardia Civil, arguyendo que yo no le había visto, que a lo mejor no había sido él, que era la única familia que tenía, y, sobretodo, echando la culpa a la miseria y el hambre que había dejado el granizo de julio del año pasado.

          Dos horas más tarde bajaba por la escalera, en la mano una pequeña maleta, con cuatro ropas y unos pocos duros en el bolsillo. No tenía más y no quería más, pero de lo único que estaba seguro era que no quería seguir allí.

          Mi madre rompió a llorar, era el día de Navidad, no quería que me fuese, estaba muy sola desde lo de mi padre, pero le besé en la frente y tomé el camino de... ¡da igual donde fui!... a mi capital.

          Me prometí volver solo cuando mi posición hubiera cambiado, cuando fuera un hombre nuevo, con coche y tajadeo para comer a diario, con un trabajo limpio y un piso, con una mujer bonita e hijos. Pero apenas me había establecido en la capital cuando me llegaron noticias del pueblo. Mi madre se había ido para siempre. Enfermó a lo poco de irme, y me sentí culpable. Pregunté a las gentes y todos me dijeron lo mismo: mi tío la recogió en su casa y cuidó de ella hasta el final, desviviéndose en atenciones, no le falto de nada. No me había dado la oportunidad de traerla conmigo, y ni tan siquiera me permitió la venganza. Vendí lo que teníamos por cuatro perras, y cerré mi vida en Alcubilla.

          Tardé más de cuarenta años en volver, justo cuando cogí la jubilación, me parecía que tenía algo pendiente con este pueblo, con el que fue mi pueblo. Una tarde de verano... ¡qué diferente de cuando me fui! Apenas reconocí algunas casas, la que había sido mía no estaba, había cambiado todo tanto. Había construcciones nuevas por doquier, y las casas acondicionadas, y plazas y jardines con flores. Incluso habían unas escuelas nuevas, aunque ya viejas, y una Casa Consistorial, la casa del cura estaba en el mismo lugar, algo más vieja y dejada, también seguía allí la iglesia, donde yo había ayudado a misa tantas veces de chico, tenía un tocado nuevo de cemento en la puerta que rompía el encanto que atesoró antaño, pero también había un inmenso frontón verde y recio, el viejo lagar restaurado y con un letrero que rezaba algo así como museo del vino. No obstante lo que me llamó la atención sobremanera fue el cuartel de la Guardia Civil. Ahora volvía a ser el Palacio que debió albergar a los Avellaneda en sus días de campo. Se veía majestuoso y elegante, incluso señorial. Y más plazas y jardines y flores. Se respiraba otro aire, otra gente, otro bullicio, eran las fiestas del veraneante o algo parecido. Hasta un trenecillo lleno de niños recorría las calles del pueblo. No había mulas, y las calles estaban asfaltadas. Los carros habían desaparecido y se veían algunos tractores. La gente del pueblo vestía de domingo y las mujeres no iban de negro. Estaba lleno de coches en todas las esquinas, y se oían risas. No reconocí a nadie de los que vi, quizás porque nunca les había visto así. Y me sorprendió: casi no había moscas. El pueblo, mi pueblo, este pueblo, había progresado, quizás como todos los pueblos, quizás como todo el país en general, pero yo lo notaba más.

          Y ahora si, ahora, este pueblo, mi pueblo, se podía permitir el lujo de mirar al pasado y recordarlo con nostalgia, de recordar la bucólica lluvia tras los cristales y olvidar el barrizal hasta los tobillos de las calles, de recordar como entrañable los paseos por el campo y olvidar las abarcas rotas, de rememorar el fuego de la lumbre y olvidar los sabañones. Pero muchos como yo no olvidamos, y queremos recordar tal y como éramos de verdad, con ese poco de nostalgia y ese tanto de amargura. No es malo, éramos así. Y por fin mi deuda quedó saldada. Aquel era mi origen y de él me sentía orgulloso, de la misma manera que amaba también a mi tierra de acogida.

          Ya poco tenía que hacer allí, me acerqué a la ermita y eché un ojo al cementerio pero no vi la tumba de mi madre, ni tan siquiera pude entrar, porque estaba cerrado. Miré adentro de la ermita desde la rejilla de la puerta, y no parecía haber cambiado nada, la recordaba igual, salvo que me pareció un poco más pequeña. Por la carrera nueva, nueva por lo menos para mí, seguía paseando la gente al caer la tarde. Volví a subir al coche y emprendí el camino de la loma, como había hecho hace años, pero ahora en coche. Al llegar arriba tomé lo que había sido la antigua carretera polvorienta, pare el coche y me senté en el mojón de Zayas a mirar, como hice aquel día de Navidad en que partí en busca de fortuna, y, ¿quién sabe?, quizás vuelva otro día. Ahora tenía todo el tiempo del mundo, y ya tenía ese coche, tenía en mis bolsillos dinero contante y sonante, una familia, y también empezaba a estar harto del bullicio de la gente. Ahora quizás ya empezaba a ser la hora de volver donde nací. Pero aún no, aún no. Aún tenía algunos asuntos que resolver en... mi capital, con mi mujer, mis nietos... mi vida.

Autor: Lobatus Sorianus