MI PRIMER DÍA DE CAZA

          A punta del alba mi padre me zarandeó del brazo despertándome. Abrí los ojos pero me costó mucho saber qué ocurría en aquellos momentos. Me senté en la cama y me quedé unos minutos mirando el techo: aquellas viejas vigas de madera de enebro que padre había cortado de la suerte de la Carrascada. También se venía a mi cabeza cuando por la noche padre había estado limpiando la escopeta durante un buen rato. Y pensando todo ello los ojos se me iban cerrando, y a punto estaba de volver a dormirme cuando me llegó de abajo la voz de mi padre.

          - ¡Venga!, que cuando tú te quieras levantar ya se ha echado la mañana encima.

          No me hizo falta mucho más para poner los pies en el suelo. Diez minutos más tarde estaba desayunando con padre, ante la mirada atenta de mi madre. Iba a ser el primer día que me llevaba de caza. A medida que la sesera iba volviéndose ligeramente lúcida iba recobrando la ilusión y los nervios que se habían calmado durmiendo. Comí en un santiamén y me bebí la leche a instancias de madre. Y mientras él cogía las cananas y la escopeta yo fui a buscar a la Berza.

          La Berza era nuestra perra de caza, bueno… de caza, de compañía, de vigilancia, de todo, no porque fuera muy completa en todo sino porque era la única que teníamos. Mi padre le puso ese nombre, y yo creo que con algo de mala fe, porque se reía por debajo del bigote cada vez que la llamaba por su nombre. Siempre decía que la perra era medio tonta y que si por él fuera ya le habría pegado un tiro o ahorcado en una encina, pero por suerte madre le había cogido cariño a la perra, desde que un día la defendió delante de una culebra en el huerto, y no le dejaba matarla. Yo estaba convencido que Berza lo sabía, a su manera perruna, pero lo sabía. Sabía que con padre había poco que hacer y que por eso se hacía la tonta con él, pero conmigo era muy diferente, estaba seguro que a mi me quería y que era muy lista.

          Al fin salimos los tres por el camino de la Carrascada. Padre lo llevaba todo: la escopeta, el zurrón, las cananas, la bota de vino, y la Berza me llevaba a mí, de tanto que tiraba. Padre no quería llevarla suelta para que la perra no fuera por delante y lo levantara todo. Por el camino me pasó revista de si llevaba la cuerda, el papel, la navajilla, la bolsa, el bastón… Y yo, que me había preparado a conciencia, le iba diciendo que si a todo, orgulloso, y le explicaba la utilidad de cada uno de aquellos elementos fundamentales para salir al monte, incluido el bastón. También iba pensando que si padre solo llevaba de beber vino, pues ese debería ser para los dos, al igual que el almuerzo que llevaba en el zurrón, pero estaba equivocado, padre se conocía todas las fuentes del término, así que a la que insinué bien pronto tener sed, no tardamos ni diez minutos en encontrar una fuentecilla y beber de ella ante mi total desilusión. Estaba claro que el vino solo iba a servir a la hora de echar un bocado, no a la de calmar la sed.

          Nos metimos dentro del monte y dejamos de lado el camino. Seguimos subiendo entre las encinas mientras padre me iba explicando de quién eran las suertes del monte. Aquello era más difícil que la escuela.

          - Ves, de aquella encina torcida hasta el cirate, y por detrás hasta el vallejo, pues eso es de nuestro vecino, que limita arriba con el enebro aquel de…

          Yo asentía y hacía mil esfuerzos para memorizarlo, pero a la que dábamos dos pasos más allá y me giraba, ya era incapaz de situar la suerte. Creo que padre se daba cuenta, por que se reía a veces por debajo del bigote como hacía cuando llamaba Berza a la perra. Luego murmuraba por lo bajo como para sí mismo, pero con toda la intención de que yo lo oyera:

          - ¡Ay, el día que yo falte! Si fuera por este chico nos quitaban todo y no se enteraba de nada.

          Y yo me sentía muy ofendido, e intentaba memorizarlo con más ganas.

          Al cabo de un rato la senda se abrió en dos. Padre se quedó un momento quieto y me mandó chistar con el dedo. Se puso muy serio hacia donde venía el viento y empezó a mover la cabeza hacia un lado y hacia el otro. Berza y yo, estábamos quietos, mirando a mi padre, y preguntándonos que demonios estaba oyendo o que le había llamado la atención. Después de oscilar la cabeza a un lado y a otro, descolgó la escopeta del hombro, me guiñó un ojo y susurró:

          - Ya lo tenemos.

          Yo asentí como si entendiera de qué estábamos hablando cuando en realidad no sabía que estaba pasando. Por señas me envió junto con la perra por la izquierda y que fuera silencioso hasta llegar a la cima del pequeño cerro. Luego me susurró que cuando estuviera arriba empezara a hacer ruido y azuzara a la perra hacia abajo, hacia donde estaba él.

          Aún sin saber que estaba haciendo en realidad, obedecí a mi padre, me llevé a la perra corriendo silenciosamente por la senda hacia arriba. Cuando llegué a lo alto desaté a Berza y la achuché con todas las ganas de este mundo hacia abajo. La chucha se me quedó mirando como si no entendiera nada, y empezó a descender el cerro olisqueando todas las chaparras y enebros que se hallaban a su paso, con el rabo en alto, y medio jugueteando. Entonces empecé a pensar que padre quizás tuviera razón al pensar que la perra era medio tonta: con un presunto jabalí a escasos metros y no era capaz de olerlo ni de azuzarlo. Corrí tras ella descendiendo lo más aprisa que pude. Justo al llegar a la altura de la perra empecé a gritar como un loco atendiendo a las instrucciones que había recibido y el pobre animal dio tal respingo del propio aturdimiento que metió el rabo entre las piernas y salió de allí pitando. Del susto del animal me asusté yo, y lo que debía ser un grito intimidatorio se tornó en un grito desgarrado.

          Por fin detuve la carrera, e intenté sosegarme un poco a media ladera. Me quedé quieto, y como dando por perdida la batida llamé a padre, pero no recibí respuesta alguna. Volví a gritar otra vez, guardando menos la compostura, pero ni padre ni la perra atendieron a mi llamada. De pronto los matorrales de estepa de mi derecha empezaron a moverse compulsivamente, y como era lógico me entró el pánico pensando que era el jabalí quién los estaba moviendo, pero a los pocos segundos apareció la cabeza de Berza entre el ramaje y pude contener el miedo. Sin haberme recuperado del todo, ahora los de la izquierda también se agitaban, y yo en medio del claro completamente aterido, miré a la perra que estaba a por uvas y… de entre las estepas apareció mi padre, no riéndose debajo del bigote sino a mandíbula batiente. Y venga reírse de mi inocencia y de mi tontería por haberme creído todo el engaño. Y venga reírse.

          Me sentí tan mal y tan dolido que empecé a descender lo que quedaba del cerro solo y enfurruñado, cuando a mi derecha volvieron a agitarse los matorrales, me giré agraviado dispuesto a patear lo que apareciera cuando vi la cabecita de la pobre Berza asomar. No le hice caso y seguí descendiendo, entonces volvieron a agitarse los de la izquierda y ahí ya no tuve duda de que mi padre seguía con su bromita en mi primer día de caza. Con todo el mal genio, que siempre había caracterizado a mi familia, me dirigí hacia allí, y lancé dos patadas al aire que si hubieran pillado a alguien le hubieran hecho daño sin duda. Grité como un poseso en contra de mi padre, y llame a la perra para azuzársela con toda la intención puesto que sabía que a la perra no le caía bien.

          Berza se puso a mi lado y esta vez obediente cuadró las patas delanteras, erizó el pelo del pescuezo, enseñó los dientes y empezó a gruñir. Esa era mi Berza, fiel y obediente. A plena voz grité:

          - O sale de ahí, padre, o le echo a la perra.

          Pero padre no contestó. Y lleno de coraje le volví a azuzar a la perra, pero Berza no se movió de mi lado, me agaché y cogí un meño del suelo y con toda la mala leche del desagravio lo lancé contra los matorrales, entonces por fin mi padre se digno a hablar:

          - Me cago en Di...ez, ¿pero que haces?

          Por fin, le había pillado. Pero..., un momento, ¿si yo había tirado la piedra al frente de donde salían los ruidos, por qué estaba oyendo la voz de mi padre detrás de mí? La respuesta fue inmediata, de entre la jara salió un jabalí disparado hacia mí. Me quedé petrificado.

          Lo que ocurrió a continuación fue cuestión de segundos. El animal se arrancó contra mí, mi padre me dijo después que era una hembra que tenía jabatos, y que al sentir miedo me atacó. Decía, que el animal se arrancó de golpe, recuerdo muy bien como levantó la tierra con la pezuña al arranque. Berza salió disparada dos veces, primero hacia él y después desde él, pero como me dijo padre, eso entretuvo al animal durante unos segundos vitales, suficiente para que pudiera armar la escopeta y apuntar. Cuando apenas tenía al diantre de bicho aquel a unos metros sonó un disparo tras de mi como un cañón y el animal torció la pata y cayó de bruces, durante unos segundos creí que todo había acabado, pero se volvió a levantar y prosiguió su camino, que se me antojaba mortal. Un segundo más y otro disparo volvió a atronar la serenidad del monte. Y aquella careta, que no olvidaré jamás, cayó desplomada y destrozada ante mí a escasos centímetros, aunque mi padre afirma que algo más ya era. El caso es que padre y yo nos llevamos un susto de muerte.

          Berza, pese a haber conocido la prestancia del vuelo sin motor, no se resintió de la aventura. Padre y yo nos prometimos guardar silencio del hecho ante madre, pero me consta que padre no supo o no quiso aguantar el engaño y se lo contó todo, recibiendo la consecuente amonestación de madre. En el pueblo fuimos héroes y destazamos el animal haciendo partícipes de ello a los más allegados.

          Pero sin duda alguna lo que más bien me supo de toda la historia fue cuando al día siguiente vi a padre sentado en el banco de la puerta acariciando el lomo de Berza, compartiendo con ella un cacho de chorizo y de pan, y diciéndole por debajo del bigote:

          - Perrucha, me has salvado al chico.

Autor: Lobatus Sorianus