EL NOGAL DEL TIO PACO

          No se casó con ella por amor, no la llegó a amar nunca, pero en cambio poco a poco, día a día, había aprendido a odiarla. A odiarla con la misma cotidianeidad con la que uno se levanta de la cama, hasta tal punto que más que odio era hastío. No le provocaba la ira pero si la indiferencia, aunque no eran pocas las ocasiones que le levantaba el ánimo por dentro y no dudaba en descargar su mano contra la cabeza embutida en el pañuelo negro. Nunca con la vara, pero con la mano…, no eran pocas las veces que la había descargado contra su mujer, su mano fuerte del arado. Ella le respondía con gemidos venidos de dentro, del dolor de la crueldad. Pero es que ella no aprendía, o, por lo menos, así lo entendía él, y al día siguiente, vuelta la mula al trigo.

          Odiaba como vestía de negro desde el día que murió su padre, odiaba su camisón frío en la noche que debía ser cálida, odiaba como contaba los garbanzos del puchero, como atesoraba dentro del arca los panes calientes. Odiaba como le trataba, como lavaba su ropa, como echaba de comer a las gallinas. Odiaba… como respiraba, y lo que más odiaba era que no le había dado ningún hijo.

          Sentado frente a la lumbre con las tenazas en la mano atizando el fuego, y la mirada perdida entre las chispas que soltaba el enebro al quemarse, iba pensando en ello. Allí sentado envidiando a sus vecinos y amigos, porque ninguno de ellos tenía que lidiar con su Anselma.

          ¿Y ella? Ella lavaba la ropa para él, le preparaba la comida con las cuatro cosillas que tenían, zurcía sus calcetines porque no había para unos nuevos, remendaba sus abarcas con tiras de cuero viejas, hacía y rehacía el jersey para que llegara la poca lana que había, ahuecaba el colchón todos los días para poder descansar, y a veces recibía la mano pesada del tío Paco cuando estiraba el poco de tocino para más de una comida.

          No le odiaba, pero tampoco le consideraba su hombre. Se tapaba con el camisón para que no le hiciera tanto daño cuando la tomaba, cuando más que hacer el amor parecía una violación, y ella gritaba de pura exasperación, mientras él pensaba que estaba cumpliendo. No le odiaba pero no le amaba. Nunca le había amado, su verdadero amor se fue lejos y nunca más volvió. Le llegaron noticias que andaba en Bilbao, pero ella no era nadie para él, y en cambio Paco la rondaba desde hacía tiempo y al final cayó en la cuenta, de hecho su padre siempre lo vio así.

          Una tarde de verano, después de la pequeña siesta, andaba el tío Paco afilando la hoz que debía segar la mies aquella tarde calurosa, allí en la pequeña tierra de Valdecazada. Sentado en el banco de piedra de la puerta, aún caliente del sol pero ya a la sombra, iba pasando la piedra de afilar lenta pero concienzudamente por el talle de la hoz. E iba pensando en las sopas de ajo de la noche. Casi le dolía el estómago del hambre y después de darle muchas vueltas decidió solventar aquella situación tirando del poco chorizo en aceite que quedaba en la orza.

          Con un cacho de pan de la hogaza en la mano izquierda sujetaba el chorizo, mientras con la derecha tenía el cuchillo con el que lo iba haciendo rodajas, de pie en medio del cocedero relamiéndose del momento. Y con tanto alborozo en su boca no oyó los pasos de la Anselma que se asomaba a la puerta del cocedero y le sorprendía en aquellas labores. Los gritos de la mujer restallaron en su cabeza con fuerza, a la par que Anselma empezó a hacer aspavientos y golpear las anchas espaldas del tío Paco, que no pudo o no supo sujetar el manjar que rodó por los suelos llenándose de tierra. Ante tan terrible suceso el hombre empujó con violencia a la pobre Anselma que fue a dar contra la pared, con tan mala fortuna que la pata de unas trébedes colgadas fue a clavársele en la mismísima nuca, actuando con la misma eficiencia que lo hubiera hecho el garrote vil.

          El tío Paco aún sin consciencia del estado de su mujer, aunque la veía sentada en el suelo apoyada en la pared le dio un par de puntapiés y amenazo con el cuchillo su ya roto cuello. Se agachó a recoger el chorizo y después de limpiarlo cuidadosamente le volvió a hincar el diente, y la volvió a mirar pensando que estaba aturdida sin más. Al acabarse el chorizo, cogió un poco de agua con una palangana y se la estampó contra la cara pensando para sus adentros que aquello la devolvería de sopetón y con un buen sobresalto a la realidad, pero como era de esperar la Anselma ni tan siquiera pestañeó. Ya extrañado se puso a examinarla y pudo comprobar cual era la verdadera realidad, los ojos fuera de las órbitas de la Anselma no dejaban lugar a dudas.

          Con el ánimo firme y decidido, sin asustarse ni lamentarse, cogió el cuerpo de la mujer, que era menudo, y la llevó a la alcoba. Con todo cuidado limpió los restos de la sangre que había en el cocedero, y quemó los trapos que había utilizado. Con todo ello se le fue la tarde, pero al final miró satisfecho el resultado de su buen hacer. Nadie pensaría que la Anselma allí había muerto.

          Llegó la hora de cenar, y dio buena cuenta del chorizo y del lomo de la orza. Se comió todo el pan que quiso y además lo remató con un chicharro que rondaba en un plato de porcelana, todo ello bien regado con un porrón de vino que había ido a buscar a la bodega. Siguió mirando por los cajones, estantes, y todo lo que se le ocurrió de la cocina, y todo aquello que se podía comer sin cocinar fue pasando directamente a su interior, acompañado de buen pan y de rico vino.

          De vez en cuando subía a la alcoba donde yacía el cuerpo sin vida de la Anselma, la miraba y torcía el gesto haciendo una mueca de fastidio. Tenía una sensación rara, por un lado se veía liberado de la tiranía de su mujer, por otro la empezaba a echar de menos, pero una ligera angustia empezaba a poseerlo… ¿qué pasaría ahora?, ¿cómo justificaría que la Anselma no estuviera? Y si le pillaba la Guardia Civil… ¿el garrote vil? Empezaba a sentir el vértigo lógico de aquella situación. Había que hacer algo con el cuerpo de la Anselma.

          Esperó a que la medianoche se cerrara, para subirla a la carretilla de madera, y junto a ella cogió gran parte de su ropa y de su calzado. Tenía como intención que todos pensaran que se había ido, que se habían peleado y ella había tomado la decisión de irse. Cogió la pala de cavar y se fue directo al huerto que tenía cerca de la fuente de arriba. No se atrevió ir al de los Cañamares por lo cerca que debía pasar del cuartel de la guardia civil. Una vez en el huerto cavó un agujero lo suficientemente grande para la Anselma, a la sombra del nogal. Para disimular aún más su fechoría acabó levantando todas las patatas que había en el huerto, por lo que nadie pensaría nada, ni aquello llevaba a ningún indicio. Al alba había acabado su labor. Escondió la carretilla al lado del cirate y emprendió el camino de casa antes que el pueblo se levantara de la cama.

          Pasaron los días y los vecinos empezaron a extrañarse de la ausencia de la Anselma, cada vez le hacían más preguntas en parte sorprendidos por las vagas respuestas que daba el tío Paco. No era un hombre de muchas palabras, pero las pocas que decía no casaban demasiado. Tanto era así que se personó el cabo de la Guardia Civil en su casa a ver que es lo que había ocurrido. Le enseñó la casa y la cómoda vacía de la ropa de la Anselma. El cabo se fue, pero no le pareció que convencido en exceso por las explicaciones del tío Paco empeñado en hacerle creer que su mujer se había ido por propia voluntad. De momento solo le pedían explicaciones, pero el tío Paco empezaba a no aguantar demasiado bien la presión y por las noches soñaba con el garrote vil alrededor de su cuello y se imaginaba a si mismo con los mismos ojos desencajados que la Anselma, y se asustaba, y se levantaba sin haber descansado, y empezaba a esconderse de todos. Cuando caminaba por la calle le parecía que los ojos de sus vecinos le perseguían y le espiaban. Como un chiquillo se iba escondiendo por todos los rincones del pueblo, ahora tras la torre, ahora en la calleja de arriba, ahora tras el molino... Cuando andaba por la calle lo hacía corriendo pensando que tras cada ventano había alguien escondido que le espiaba y le seguía con la mirada.

          Y el cabo volvió a interrogarle, y le pidió la dirección de los parientes de la Anselma en Segovia, y el tío Paco se iba abajo, muy abajo, y empezaba a sudar con la misma celeridad que se daba cuenta que solo era cuestión de días, y quién sabe sino de horas, que se supiera todo. Y empezó a temblar, y empezó a sentirse mal.

          Pero por dentro se daba ánimos, mientras no hubiera cuerpo no había delito., y dicho esto imaginaba como era un interrogatorio y se venía otra vez abajo, sabía que no lo aguantaría. Y tanto fue lo que se vino, que el cuerpo se le descompuso, y fue tanto el miedo que tuvo que no pensó en otra cosa que acabar de una vez con aquella angustia que le mordía por dentro como una comadreja dentro de las tripas.

          Y cogió la soga de la mula, y se fue al huerto. Contempló el lugar donde yacía la Anselma y echó la cuerda al nogal y se subió a él. Luego la anudó al cuello y salto al suelo donde sus pies ya no llegaron nunca más.

          Nadie dudó ya en el pueblo de lo que había pasado, y después del entierro fuera del Camposanto, todos empezaron a buscar el cuerpo de la Anselma, pero nadie dio con él. Y de la misma manera que lo que al principio era duda y se volvió certeza, ahora, lo que era certeza se volvió otra vez duda.

          Años más tarde se vendió el huerto y el nuevo propietario decidió cortar y vender aquel nogal, el nogal del tío Paco, porque daba mucha sombra en el huerto y las nueces estaban encarceladas y malditas. Allí quedo la tocona y a su lado, enterrado, el cuerpo de la Anselma, que no dudó en descubrirse al notar el primer contacto con la pala que ansiaba aprovechar todo el huerto. Apenas quedaba nada de él, unos huesos y unos harapos. Hacía ya mucho que el tío Paco allí la había enterrado, pero nadie dudó de nuevo sobre que era lo que había ocurrido.

Autor: Lobatus Sorianus