NOCHE DE DIFUNTOS

          A veces me preguntaba, más a menudo de lo que sería deseable ¿qué hacía yo para verme en aquellas situaciones? ¿Quién demonios me mandaría a mi aceptar aquella apuesta? Ahora ya no podía echarme atrás, pero las piernas no respondían a los dictados de mi razón, o mejor dicho, de mi sin razón. Ya lo decía mi padre, que le había salido el chico raro: que pensaba primero con el estómago y luego... con los pies.

          Los escasos doscientos metros que llevaba andados los había hecho con dos frases en los labios y cientos de pensamientos negros en mi cabeza:

          Los muertos están muertos y no hacen nada, y una vuelta de chorizos, es una vuelta de chorizos.

          Pero las historias de muertos, de cementerios, de lápidas con resortes, de luces siniestras, de vampiros, de todo, pasaban por mi cabeza como un huracán, por lo rápidas y por lo devastadoras. Y mientras mi cabeza se hallaba en esos menesteres me llegaba información de los retortijones de mis que tripas me decían lo consabido:

          No vayas, que no se te ha perdido nada allí.

          Apunto estuve dos veces de echarme a la cuneta y aligerar el vientre por abajo y el estómago por arriba, pero hasta para eso hay que tener más valor y menos hambre de lo que yo poseía en ese momento.

          Y no paraba de pensar, y yo mismo me daba cada vez más miedo, y es que encima se juntaba todo, pero todo: noche de difuntos, medianoche, camino al cementerio, el viento que hacía gemir a los chopos del río, la lucecita de la ermita que parecía tener vida en su interior, el exceso de vino y la amenaza permanente de los zánganos de la cuadrilla escondidos, vete a saber dónde, preparados para asustarme. Así que de vez en cuando volvía la cabeza hacia atrás y me parecía que estaba a kilómetros del puente grande y apenas había cogido la primera curva. Y además no me podía quitar de la mente la imagen de mi tía que había muerto hacía poco y que llegué a ver dentro del ataúd. Aquella palidez era inolvidable. Me estremecía e intentaba quitármela de la cabeza y seguir andando.

          Gracias a Dios, había tomado mis precauciones, y de las buenas, primero con la cuadrilla habíamos ido a escondidas a la bodega de las eras y habíamos bajado una tabla a la cuba de mi padre, una buena dosis de valor, y luego había agarrado el bieldo del pajar y lo llevaba a modo de cayado, una buena arma. Así que armado del valor del vino y de la prestancia del bieldo, iba caminando hacia el cementerio como Don Quijote fue al encuentro del caballero de la Blanca Luna, pero esperaba que con más fortuna que la del Ingenioso Hidalgo en la playa de Barcelona. Si a algún mortal se le ocurría aparecer para asustarme a lo mejor llegaba al camposanto antes que yo. Amenazante y soberbio en mi interior, pero las tripas no me daban cuartel y volvía a la realidad de mi miedo de inmediato, y la ermita me parecía cada vez más lejana, pese a estar a menos de cincuenta pasos.

          De repente empecé con el sudor frío y los tembleques, y aún más historias de muertos se agolpaban en mi mente, jamás hubiera pensado que conocía tantas, tan rápida que iba mi mente y en cambio mi cuerpo tenía problemas para responder a otro estímulo, que no fuera el de unas pequeñas lucecitas que me parecía ver encima de las tumbas de dentro del cementerio, ¿serían las almas de los difuntos?, ¿serían fantasmas?, ¡qué miedo empecé a tener!, hasta que con tanta congoja las piernas debieron aflojarse más de lo que era menester y me vi de bruces en el suelo, con el bieldo en la mano y a punto de clavármelo en la caída. Me levanté echando virutas, me daba más miedo el estar en el suelo que el estar propiamente. Intentaba recordar las palabras de Don Juan, el cura, del domingo en la misa de difuntos por mi tía, pero no podía. Debía entender que los muertos, de tener entendimiento, no deberían tenerlo malo, y menos contra mi, que no había echo nada, y que además tenía familiares "frescos" reposando allí, porque mi tía a mi me quiso mucho. Pero el miedo me podía, y un buen rato me costó adivinar que aquellas luces, tenía entendido sin saber el qué, que eran naturales.

          Al llegar me asomé a la verja y ya estaba presto para dar un respingo, y salir como un aventado de aquellos parajes de mal agüero, cuando me sorprendí de que nada ocurriera, casi me asustó el propio hecho de que nada ocurriera. Tan solo el silencio que permitía el aire que reinaba por doquier. Salté la tapia, y empecé a caminar entre las tumbas, intentando leer el nombre de los difuntos para asociarme con alguno de ellos por si había una revuelta contra mí en aquellos lares. Al final recogí, con más miedo que vergüenza, la prenda que allí me estaba esperando, sobre la tumba del fondo a la derecha, y que demostraba mi osadía y heroicidad. Metí en el bolsillo de la pelliza el pañuelo encarnado que habíamos dejado al atardecer, y volví a saltar la tapia del cementerio. Objetivo conseguido, lo único que quedaba era alejarme de allí cuanto antes, no fuera que uno de aquellos reposadores eternos tuviera a bien levantarse de sopetón.

          Ya empezaba a relamerme pensando en la vuelta de chorizos. Y, con esa idea en la mente y apunto de salir corriendo, noté que una mano se apoyaba en mi hombro. Porque aquello era una mano, e incluso más que una mano: una manaza. Lo que antaño eran retortijones se convirtieron en pastosa realidad, y me fui la pata abajo sin mediar palabra ni sonido alguno. Notando tal acción a lo largo de las piernas por debajo del pantalón, hasta llegar a los calcetines. Mientras, abría los ojos como platos y pude ver como el bieldo caía al suelo, y así, sin defensas, y con mi cuerpo con la rigidez del mármol al par que el tiemblo de las hojas de otoño, no me cabía otra que encomendarme a la Virgen.

          - ¡Alto aquí! - Sonó una voz como un trueno entre fantasmagórico y familiar.

          Y encima el difunto hablaba. Joder, qué miedo, miedo de muerte. El tembleque se aceleró como lo hizo el corazón, pero me costaba harto mover un párpado. No obstante empecé a girar el rostro pensando en encontrarme con la viva imagen de un difunto descarnado, de una calavera ósea, o incluso de la misma muerte vestida con su túnica negra y el dalle en la mano. Pero como era de esperar nada de aquello sucedió, y lo que hasta entonces había sido miedo se convirtió... en pánico, lo que era intangible se volvió material y el horror se hizo realidad al descubrir el tricornio del cabo jefe de puesto, y justo debajo de semejante tocado al propio cabo acompañado por el número correspondiente, que jamás supe si era el uno o el dos. ¡Con la Benemérita había topado! Ríete tú de las afrentas a la Santa Madre Iglesia, e incluso la Inquisición se me antojaba en aquel entonces más caritativa. Y si bien por abajo ya había desalojado, aunque algo aún seguía deslizándose, lo no digerido quiso salir de la propia angustia del descubrimiento, y lo hizo con tan mala fortuna que el camino de escape del vino se topó con la revoltosa capa del cabo agitada por el aire.

          - ¿Qué estás haciendo? Haragán.

          Pregunta retórica donde las haya, puesto que era obvio lo que estaba haciendo. Y como si fuera inherente a sus palabras su mano derecha, la que se sujetaba en mi hombro, se disparó como impulsada por un resorte hacia mi pescuezo y tras un sublime impacto me vi de nuevo caer al suelo de bruces y a punto de clavarme el bieldo de segundas, sólo que esta vez al susto había que añadir un pitido extraño dentro de mis oídos, un escozor en el occipucio y una última arcada que me dejó consumido. A cada intento que hacía para levantarme del suelo, dónde no quería estar por nada, recibía un nuevo pescozón que me alejaba de la verticalidad, y bien para no cansarse, o para no hacerse daño en la mano, a veces la culata del fusil servía a tal propósito, el caso es que me devolvía a la tierra que me vio besarla una y otra vez, y de la que no debería haber intentado levantarme más.

          Ni que decir tiene que la noche fue mala, que el día siguiente peor, y que las consecuencias duraron más de lo que era de esperar. Y que lo que tenía que ocurrir ocurrió, y mi padre fue informado y vino a buscarme, y lejos de mostrar su comprensión por mí ante tanto mamporro de cárdenas consecuencias, o bien su admiración por mi atrevimiento, me corrió por medio pueblo a zurriagazos con el cinto como si fuese una mula terca en el trillo. Oía silbar el cinto en el aire y con el último "zum" se oía un "chas" que precedía un escozor inusual en mis nalgas, o mi espalda, dado que mi padre no gozaba de extrema puntería. Pronto intenté a echar el cuerpo para adelante, pero o bien el cinto era muy largo o mi padre me andaba muy prieto, el caso es que me alcanzaba siempre. Por fin valieron los pocos años, y a la docena de zurriagazos puse tierra de por medias y solo volví a oír silbar el maldito cinto, y los juramentos de mi padre. Me costó volver a entrar a casa, y si no hubiera sido por el hambre creo que aún andaría vagando por el Plantío. Mi madre, por su parte, se llevó la capa a casa para lavarla, y aunque nunca me lo dijeron algo más se llevó el cabo en "compensación" a su "buen hacer" con mi educación, y por los agravios recibidos. Pese a haber aclarado la chiquillada, y que ya me había llevado lo mío por doquier, tenía la sensación de haber matado al mismísimo Obispo del Burgo. Nadie en todo el pueblo pudo menos que reírse de mi infortunio, con el consabido escarnio y burla. Y ni que decir tiene que el cura, de sotana parda y raída, me tomó por su cuenta, me hizo confesar y una dura penitencia que durante largo tiempo me tuvo dedicado a quehaceres que deberían rehabilitar mi mente maligna y llevarme por el buen camino del orden establecido, y que sin duda descargaban su "labor" diaria, ya que nunca entendí como podía ser penitencia llenarle el corral de leña.

          Por fortuna la tercera autoridad local, pero no por ello menos importante, decidió no tomar parte en mi reeducación, y el alcalde no abogó por sanción económica alguna, entendiendo, creo yo, que entre la vara del cabo, y la penitencia del cura, mi pecado podría llegar a ser perdonado.

          Al menos me quedaba la satisfacción de la vuelta de chorizos ganada a pulso contra todo. O eso creía, por que al ir a clavarle el diente maldije todo lo que se podía maldecir, y algo más que me inventé. Pues lo que debía ser chorizo apenas llegaba a güeña, y no de la ‘güena’ precisamente, e imaginé al hasta entonces mi amigo jactándose de mi engaño, y volví a maldecir, pero esta vez con cierta tristeza.

          Estuve dos meses sin acercarme al Pradillo, mirando por las esquinas no fuera el caso que apareciera el del tricornio. Si iba por la calle del Río, a la que llegaba a la casa del cura, me iba hacia la fuente de arriba, mirando de reojo y pasando a la carrera, de allí al río y lo remontaba un buen trecho hasta que volvía a atravesar para ir a los Cañamares y si iba por la calle Real me asomaba desde la torre y si había alguien de guardia me iba por la calle Larga a la Plaza, de allí me subía a las eras, y echaba para adelante hasta salir de nuevo por el Barrancazo a la carretera de Quintanilla. Por la carretera me escondía al ver pasar un coche, y si era el del cabo, me temblaban las piernas mientras me escondía en el cirate de la misma carretera. Años después al subir por primera vez a un coche, vi lo ingenuo de la maniobra, pues desde un coche se veía perfectamente cualquier molondrón estirado en el cirate, y tuve la impresión de haber hecho el ridículo durante largo tiempo. Pero yo ya estaba seguro de que me veía, de que me veían todos cada día, pero no me decían nada, aunque un día me cogerían por el campo y volvería a notar esa mano acariciadora en el hombro, y aquel dolor en el pescuezo. Y con aquel presagio crecí y me hice mozo, y dejé de temer.

          Alguien puede pensar que fue una aventura triste, pero nada más lejos de la realidad, aquella aventura me enseño más que muchos años de escuela a otros. Aprendí a no tener miedo a los muertos, pero a guardarme muy mucho de los vivos, y en especial de quienes todos sabemos. Pero quizás lo más importante que aprendí, es que quién pagó con la güeña mi valor fue el mismo que me vendió al cabo para que me esperara, no se si lo hizo por maldad o por envidia, pero ahora que más da, aunque en aquel entonces me dolió.

          Años más tarde no puedo menos que esbozar una sonrisa al recodarlo todo, pero... aquella noche, aquella noche tuvo su enjundia.

Autor: Lobatus Sorianus