LA CUEVA DE LOS OJOS

          Allí donde el Cañicera ve la luz y los rastrojos se confunden con los juncos está la cueva de los ojos. Cuentan las leyendas populares, que antaño, una vez, alguien echó paja en el agua que se halla en su interior y que ésta fue a ver la luz en la fuente de las Peñas. Es posible, pero poco probable, o al menos así se me antoja a mí, que me parece mucha distancia entre ambas aguas para que pueda recorrerla la paja sin el grano.

          No obstante hace unos años oí contar, a la anciana de cabellos blancos que se sentaba en la Calle Real, sobre otra historia que me hizo palidecer y me emocionó profundamente, que por ello me presté a escuchar con toda la atención de este mundo, y hoy, voy a intentar transmitirla a todos vosotros.

          Esta historia se sitúa en la época de la invasión de los franceses. Corrían los primeros años del siglo XIX, ahora debe hacer los 200 años, y cuentan que por aquella época vivía en Alcubilla una hermosa muchacha en la Plaza, que era tan hermosa que hasta las descaradas amapolas palidecían al verla. Que tenía la frescura del agua del rocío, la inocencia de la juventud, el carácter gentil y la sonrisa franca. Largos cabellos rubios y lacios coronaban su tez pálida salpicada por sus mejillas sonrosadas. Perseveranda era su nombre, pero entre todos era conocida como Persa.

          A pesar de todos estos encantos que cualquier muchacha desearía para sí misma, Persa era muda lo que la convertía en terriblemente retraída y tímida, situación ésta que hacía correr el rumor que su corazón débil amenazaba con parar su rítmico palpitar a cada instante. A poco que la muchacha entro en edad de merecer su retraimiento se acentuó, y aconteció que en aquella época llegó al pueblo una familia de carboneros.

          El hijo más joven de los carboneros, Tomás, un muchacho de poco más de 20 años, bajaba los domingos y fiestas de guardar al pueblo para ir a misa y conversar con los otros mozos, a la par que echar un par de vasos de vino en la cantina.

          Fue al salir de misa cuando vio por primera vez a Persa y quedó completamente prendado de nuestra hermosa muchacha. Pese a ello, Tomás, no le dijo nada, puesto que nada se decía en aquellos tiempos, y así dejó pasar varios domingos, solo mirándola, y poco a poco amándola, y aunque su amor parecía profundo no hacía nada más que lamentarse cada día subido a la carbonera o cortando la leña.

          Habló con disimulo con otros jóvenes del pueblo y por ello fue que se enteró del por qué del silencio de su amada. Pero cada domingo por la tarde volvía al monte lamentando su mala suerte.

          Por fin un día se plantó ante ella al salir de la iglesia, con la intención de decirle todo lo que por su mente pasaba, pero apenas un ligero balbuceo salió de sus labios. La joven le devolvió una amplia sonrisa y la mejor de las atenciones, con sus ojos esmeraldas clavados en los de azabache de él. Turbado por su propia torpeza y por la fuerza de la mirada de Persa dio media vuelta y salió corriendo hacia el monte, hacia lo que le hacía las veces de hogar, y allí amargado pasó toda la semana.

          El domingo siguiente no bajó a oír misa puesto que se sentía avergonzado. La joven, aquel domingo le buscó con la mirada por toda la iglesia, y al entrar, y al salir, y se sintió apesadumbrada, pues también se había despertado algo en su interior.

          Pasó una semana más y el joven al fin entendió que no podía seguir así, y armado del valor que confiere el amor, volvió a bajar a Alcubilla y volvió a esperarla al salir de la iglesia, de pie bajo la torre, y allí por fin se atrevió a saludarla, a lo que nuestra joven respondió con la caída de ojos más encantadora que jamás ninguno de vosotros habréis conocido, pero que yo si, tal y como os contaré más adelante.

          Fueron pasando las semanas y los jóvenes cada vez se atrevían a estar más juntos, pese a que las familias de ambos, sabedores de la timidez de ella y del nomadismo de él, veían en la dicha de los jóvenes enamorados un motivo de profunda tristeza, optaron por no oponerse a la efímera felicidad de ambos.

          Poco a poco la leña para hacer carbón fue acabándose, la familia de carboneros empezó a plantearse mudar a otros montes, y las otrora sonrisas y arrumacos se volvieron lágrimas y pesadumbre, pues ambos jóvenes veían en aquella circunstancia el final de su felicidad, que no así de su amor, que se lo habían jurado eterno.

          Así que el último domingo, antes de que Tomás partiera fuera del monte de Alcubilla, subió a lomos de su caballo a Persa, y juntos empezaron a remontar el Cañicera en una tarde soleada de mayo. Por el camino iban mirando las florecillas que adornaban la ribera del río. Contemplaban como niños el vuelo de las mariposas, los brotes nuevos de las mimbreras, la languidez de los sauces, y… deseaban que aquello no acabara nunca. Persa se abrazaba con fuerza a la cintura de Tomás en parte para no caer del percherón, en parte para sentirse más cerca de su amado, mientras el mastín que acompañaba siempre a Persa corría a su lado jadeando con la lengua fuera. Pasaron al lado de las sabinas y se quedaron extasiados con la magnificencia de aquellos árboles. Que hermoso les parecía todo cuando se hallaban juntos. Tomás hablaba por los dos y ella sonreía por ambos.

          Al fondo se veía la ermita de San Juan de Cañicera, o lo quedaba de ella, pues de puro abandono se había venido abajo, como había pasado con el pueblo que antaño allí se ubicaba. Al final llegaron a la cueva de los ojos, y sacaron las viandas y la bota de vino que habían llevado para merendar. Se sentaron en una pradera frente a la entrada de la cueva, y se dispusieron a compartir la comida como hubieran deseado hacer con sus vidas.

          Y allí sentados mirándose con ternura a los ojos y sonriendo a la amargura, no se dieron cuenta del polvo que levantaba la caballería francesa mientras se acercaba, hasta que fue demasiado tarde para esconderse. Cuando se percataron corrieron hacia la cueva y allí se metieron.

          Los franceses, que hacía pocos días habían tenido algunas bajas causadas por la guerrilla del lugar, no dudaron en adentrarse tras ellos con los fusiles en ristre, la cueva les recibió con una oscuridad protectora para los jóvenes amantes, pero obedeciendo la aciaga orden del capitán cuatro hombres pusieron rodilla en tierra en formación, detrás suyo otros cuatro en pie, cargaron los fusiles, apuntaron y abrieron fuego hacia el interior. Sin más. Y volvieron a cargar las armas, y volvieron a disparar. Tres descargas hasta que un grito de horror inundó la estancia y brotó el agua roja de la sangre de Tomás. Entraron a recobrar el cuerpo sin vida del joven, pero no hallaron el de la hermosa Persa. Jamás la cueva les devolvió la hermosura que habían segado con tal impunidad.

          Dolido y agraviado el pueblo de Alcubilla no quiso olvidar a sus jóvenes, y cargados de odio y de venganza quisieron enfrentarse al francés, pero la caballería empleándose a fondo reprimía con dureza la osadía independentista. Ya sin fuerzas y diezmados las buenas gentes del pueblo daban por perdida su lucha, ya eran muchos los que se habían dejado la vida en el camino. Pero un día se produjo el hecho más insólito que jamás he oído contar, y ocurrió en la vega del Cañicera allí donde los rastrojos se confunden con los juncos. Embriagados por el espolio de la comarca, aturdidos de su grandeza y confiados de su fuerza, diez soldados fueron apresados por los vecinos de Alcubilla, entre ellos el capitán que comandó tan funesto episodio. Los encontraron en las inmediaciones de la cueva de los ojos y aunque los lugareños no comprendían lo que decían, entendieron que habían sido cegados por una luz verde esmeralda que emanó del interior de la cueva, acompañada de un horripilante grito de angustia, el alarido de una garganta muda. Aturdidos, fascinados y confundidos se dejaron apresar y desarmar. Los vecinos, presa de la rabia por las últimas acciones, devolvieron con la misma aciaga moneda en la que habían cobrado. Los llevaron campo a través hasta la Torca de Fuencaliente, allí los ataron el uno al otro y el primero a una piedra. Y dejaron caer la piedra al agujero. Cuentan que los gritos de horror se oyeron a varias leguas del lugar. Y que de la misma cueva de los ojos se volvió a oír el grito de horror de Persa. Nunca nadie volvió a saber más de ellos.

          Dicen las viejas lenguas que en la cueva de los ojos, en la pared del fondo aún se pueden ver los ojos verdes de Persa, los ojos que no cesan de llorar, y que esas lágrimas son las que alimentan aún hoy el Cañicera, pero que esos maravillosos ojos solo los puede ver quien cree en la leyenda.

          Allí de pie, en medio de la calle Real, escuché fascinado la historia que contaba la anciana mujer de cabellos blancos.

          Al día siguiente fui a la cueva de los ojos, entre en su interior arrastrándome, deambulé por el interior hasta que en el fondo vi los ojos verdes de Persa, indescriptibles, embriagadores, que me hicieron la caída de ojos más encantadora que jamás ninguno de vosotros habréis conocido, me quede fascinado y sentado en el suelo mirándolos totalmente embelesado.

          Ahora, vuelvo casi cada día a verlos, me siento en el suelo y paso las horas fascinado contemplando la fuerza de su penetrante mirada, una mirada que suplica por la concordia.

          Me han acompañado diversos lugareños a ver los ojos, pero ninguno de ellos lo ha conseguido. El caso es que nadie me cree, me toman por loco, y me hacen el vacío, pero si vierais esos ojos como los veo yo, no os importaría nada en absoluto… Algunos intentan convencerme que se llama la cueva de los ojos por que son ojos por donde brota el agua. Ignorantes, que no conocen la historia de Persa y de los ojos verdes del Cañicera.

Autor: Lobatus Sorianus