CONVIVENCIA

          Apenas entraba luz por el ventano y ella pensó que ya estaba amaneciendo. Apartó la ropa de la cama y el nuevo día la recibió con un frío gélido y cortante en el rostro, cogió la rebeca de encima del respaldo de la silla y se la echó por los hombros, al mismo tiempo que se estremecía del frío fue hasta el ventano y miró a través de los cristales. Sí, estaba amaneciendo un nuevo día.

          La escarcha de la mañana se extendía como un manto blanco sobre todo lo que alcanzaba a ver, por encima de los tejados de la calle del río, por encima de la chopera, sobre los huertos, en las tierras, en la ermita, en la loma,… en el mundo. Parecía que había nevado, pero no era así. Era una mañana fría del mes de febrero, una mañana de sábado, aunque daba lo mismo el día que fuera. Le agrada verlo, e incluso se le antojaba extraña esa sensación de placidez que le producía el paisaje blanco. Siempre que había visto aquella imagen, siempre le había calado el frío hasta los huesos, pero le parecía una visión maravillosa, de cuento de princesas, de aquellos cuentos que había leído en la escuela cuando era pequeña. Miraba a su alrededor y se daba gracias por lo feliz que era. No podía imaginar, ni quería, que hubiese gente que no se sintiera feliz aquella mañana. Por la calle se veía un perro metiendo el hocico en todos los portales que encontraba a su paso, enredando de puerta en puerta a ver quién se había despistado y la había dejado abierta. Ella sonrió de nuevo.

          Después de un rato de echar el aliento en los cristales y dibujar con el dedo sueños imposibles, imágenes remotas de un futuro idílico, se volvió y miró a la cama, allí estaba Mariano, su Mariano, como cada día, como no podía ser de otra manera, tapado hasta las cejas con la colcha que le regaló su tía, y resoplando como una locomotora, ocupando casi toda la cama. A veces se hacía cruces de cómo podía dormir en el cachito de colchón que le dejaba, pero era cierto que le daba el calor que siempre había soñado en las noches frías como aquella. El Mariano era un buen hombre y por eso le quería. Seguramente no era el más guapo, ni el mejor mozo, ni el más rico, pero era honrado, era bueno y la quería, y se reía mucho con él. No había conocido a ningún hombre más, y de siempre había pensado que el Mariano era para ella, desde chicos, desde que al salir de las escuelas se cruzaban en la Calle Real y se miraban fijamente sin decir nada. Apenas llevaban un año de casados y mantenía la ilusión del primer día, a pesar de que aún no habían llegado los hijos, a los que esperaban como la mayor de las bendiciones. Tampoco tenían prisa pues ambos eran jóvenes, y estaban viviendo una época que se les antojaba maravillosa.

          Echó un poco de agua de la jarra en la palangana, y se lavó la cara como los gatos, con un poquito de jabón de aquel perfumado que le habían traído los parientes de Huerta, y que tanto le gustaba oler. Pese a estar dentro de la casa, aquella agua estaba helada, y no apetecía nada su contacto frío, pero ella siempre había sido una chica, ahora mujer, muy limpia, y con toda la gracia que era menester inició un aseo justo. Aún sin vestirse se dirigió al estante colgado de la pared donde tenía el frasquito con el agua de colonia de lavanda, y aunque no era domingo, pulverizó dos veces con él detrás de las orejas. Aún recuerda la carita de su prima cuando se lo regaló el mismo día de la boda, mientras le prometía que con aquella colonia el Mariano quedaría completamente enamorado. Al lado del frasco de agua de perfume tenía una estampita de la virgen, que se la había regalado su tía, y que siempre le había acompañado desde muy pequeña, la cogió y se la llevó a los labios, dándole los buenos días.

          Bajó la escalera de madera, echándose a un lado en el cuarto peldaño, como siempre. Mira que se lo había dicho veces a Mariano, que lo tenía que arreglar, que cualquier día iba a meter el pie allí y se iba a caer, pero el Mariano nunca encontraba tiempo para hacerlo, siempre andaba de aquí para allá, y de allá para aquí, siempre liado con lo suyo y ayudando a los demás, pero no tenía tiempo de arreglar el maldito peldaño aquel.

          Fue hasta la lumbre, y hurgó un poco en el rescoldo, cogió cuatro sarmientos que había dejado preparados la noche anterior y los picó un poco. Con el fuelle consiguió avivar el fuego, echó cuatro tablas y acercó los tocones para que fueran calentándose un poco.

          Antes de preparar el desayuno, fue hacia el corral de atrás de la casa, allí se alivió de cuerpo, mientras miraba el movimiento rápido del hocico de los conejos en la jaula, y contaba las gallinas, como cada día. Se quedó mirando a la de la cresta rota, metida en su nidal, completamente recogida, pero que no ponía. La miró con pena y con resignación, pero no se podía hacer nada con ella, se había portado muy bien durante meses y les había dado los mejores y más gordos huevos, se la regaló su padre, como las demás, para que comieran huevos, y ahora no tenía mucho sentido en mantenerla así. Mañana domingo haría un buen caldo con ella. Recogió los huevos que habían puesto las demás y volvió al hogar. A su Mariano le gustaban los huevos fritos con chorizo para desayunar, y a ella también, aunque para él siempre hacía dos huevos y un cacho de chorizo y ella se quedaba sólo con uno y medio choricillo, y aún así, a veces, no se lo acababa y lo tenía que hacer él.

          De vuelta al lado de la lumbre apartó un poco de fuego y puso los trébedes, encima de ellas la sartén, y en su interior un poco de aceite, cuando todo anduvo caliente frío los huevos echándoles sin parar aceite caliente por encima para que quedaran como a Mariano le gustaban, y como su madre le había enseñado a hacer. Cuando tuvieron las puntas marrones asomó la cabeza por el hueco de la escalera gritó:

          - ¡Marianoooooooooooooooooo!
          - ¡Marianoooooooooooooooooo!, ¡Venga leche!

          Al fin se oyó un gruñido de la planta de arriba y ella se volvió tranquilamente para preparar la mesa. Poco después bajo el Mariano la escalera, medio dormido aún. El agua fresca de la jarra no le había servido para despejarse, y como no podía ser de otra manera metió el pie en el medio del cuarto peldaño, se oyó un crujido, cedió la madera y Mariano empezó a trompicar escaleras abajo y se precipitó hasta dar con su cuerpo a los pies de su mujer. De su boca salió un juramento, mientras ella le escudriñaba con la mirada para saber el alcance del batacazo. Pero Mariano se levantó deprisa y se estiró los calzones y la camisa, se sacudió el polvo, y parecía más como si se hubiera tirado que si se hubiera caído. Y entonces ella no pudo más, la contención anterior se desvaneció y rompió en una carcajada que invadió toda la casa. Mariano con toda la altivez que le permitía aquella situación miró a su mujer, volvió a renegar y se fue al corral, acompañado de la estruendosa carcajada de ella, que al tiempo le iba diciendo:

          - No lo arregles, no. Que te vas a matar, y después lloraremos todos. Te está bien, más daño te tendrías que hacer a ver si lo arreglas de una vez.

          Y vuelta a reír.

          Cuando volvió del corral ella ya se había sosegado, pero con la mirada se lo decían todo. Desayunaron en silencio, pero en un silencio tenso. Hasta que poco a poco el frío hizo que se juntaran buscando el calor, y el episodio de la escalera pasó a la historia cuando Mariano prometió que lo iba arreglar aquella misma mañana.

          Después de echar a las gallinas y a los conejos, a la mula y empezar a preparar la comida de los cerdos, Mariano cogió un par de tablas viejas del corral y se dirigió a la escalera. Con las tenazas quitó las puntas clavadas en el peldaño roto hasta liberarlo, le dio la vuelta, midió las tablas, las cortó con el serrucho y empezó a clavarlas a modo de refuerzo por debajo. Lo que parecía cosa de un rato le iba a llevar toda la mañana.

          Ella pasó por allí y se quedó parada en medio de la sala mirando como Mariano arreglaba el escalón. Le encantaba verle en casa trabajando, le hacía como más cercano, como más suyo. Él se percató de la presencia de ella pero a pesar de mirarla de reojo no le dijo nada, tomó una de las puntas que tenía entre los labios, la colocó sobre el peldaño y levantó el martillo para volver a dejarlo caer con fuerza y el clavo entró de un solo golpe dentro de la madera.

          Luego con tono firme le pidió a su mujer que le acercara la bota de vino, pues con un trago se trabajaba mejor, ella le miró con cierta desaprobación pero fue a buscársela. Se la dio y se quedó a su lado mirando como trabajaba. Se fue a la sala y al rato volvió con un canasto con ropa limpia y planchada, blanca y fragante del aroma del jabón. Allí con el canasto debajo del brazo se quedó mirando por enésima vez como trabajaba su Mariano. Éste, consciente de la atención de su mujer la volvió a mirar de reojo, y viendo que ella estaba allí de pie, quieta, abstraída en la labor que él realizaba, pensó en gastarle una broma, se le escapó una sonrisa socarrona que ella no pudo percibir y volviendo a levantar el martillo lo dejó caer con toda la fuerza que pudo sobre el peldaño, a posta, al tiempo que sacudió la mano, tiró el martillo y lanzó un atroz grito de dolor simulado. Ella, del susto, soltó el barreño con toda la ropa, y se agachó corriendo hacia él que seguía retorciéndose en el suelo cogiéndose la mano. Estaba segura que con aquel martillazo iban a tener suerte si le quedaba algún dedo sano. Mariano ya se encargaba de taparse una mano con otra mientras aullaba de la peor manera posible, impidiendo que ella pudiera ver nada, hasta llegar a ponerla francamente nerviosa. Cuando estuvo al lado y le tuvo cogido por los hombros preguntándole si se había hecho mucho daño, e insistiéndole en que se lo enseñara, entonces Mariano, no pudiendo llevar más allá la broma y empezó a reírse.

          Al principio ella se quedó parada, pero luego se empezó a enojar y mucho, y más cuando vio toda la ropa tirada por el suelo de tierra del portal, y pese a estar cogida entre los brazos de él le propino algunos golpes en el pecho, entonces Mariano tuvo que cogerla con más fuerza para inmovilizarla por los hombros e intentar convencerla que había sido una broma y que no pasaba nada, que no tenía porque enfadarse, que era una pequeña venganza de lo mucho que ella se había reído de él por la mañana. Y al final ella se fue calmando y acabaron riéndose juntos, hasta que volvió a mirar el canasto y la ropa tirada por el suelo que volvió a torcer la boca, pero en esas medias, Mariano ya había recogido las cuatro herramientas y los clavos sobrantes y andaba presto alejándose del lugar camino del corral de atrás, y se las ingenió para no volver hasta la hora de comer.

          Por la corta tarde estuvo repasando unos pantalones del Mariano, que pese a tener dos enganchones en la parte de la rodilla estaban nuevos, y zurciéndolos un poco aún le valdrían para ir al campo. Era tan poco cuidadoso, su Mariano. Él había salido con la mula a ver una suerte de leña y como lo iba a hacer para cortarla y ella le echaba de menos como cada día cuando salía al campo, estaba tan a gusto cuando él estaba en casa.

          Al temprano atardecer volvió él, y se sentó al lado de la lumbre, y al lado de él lo hizo ella, aún cosiendo un poco, y otro poco vigilando el puchero que había con la cena en la lumbre. El Mariano empezó a contarle historias del pueblo, de las familias, de los abuelos, de la gente..., y ella le escuchaba, siempre le escuchaba, y aunque la mayoría de las historias las sabía casi de primera persona, le dejaba hablar solo para oírle.

          Cenaron pronto y pronto se fueron a la cama, así ahorraban en leña, y había poca cosa que hacer. Cuando estuvieron en la cama, el Mariano le dio por reconciliarse con ella, y entre risas y juegos la hizo otra vez su esposa, como muchas otras noches de aquel frío invierno.

          Cuando él se quedó dormido, ella se acurrucó a su lado, y mientras oía su respiración profunda hizo balance del día, y se sonrió al pensar en la noche. Y pensó que a la mañana siguiente iría a la iglesia a confesarse antes de la misa, no le parecía bien ir a comulgar el domingo después de todo lo que había pensado, y lo que le había dicho a su Mariano, ni le parecía bien hacerlo después de alguna blasfemia que se le había escapado con lo del martillo, y, ni muchísimo menos, le parecía bien hacerlo después de como se habían reconciliado en aquella fría noche de febrero. Pese a una pequeña regañina por los pecados cometidos, y un par de padrenuestros, no le pareció que el cura daría a aquello más importancia, ni más trascendencia. Y con un gesto de complicidad le guiñó un ojo a la estampita de la virgen del estante de arriba sabiendo que ella la comprendía, y con una media sonrisa se tocó la tripa y tuvo la extraña sensación que quizás si, que quizás aquella noche si, y sonrió pensando en un Marianito correteando por la casa, suerte que el peldaño ya estaba arreglado y no se caería.

          Antes de dormirse pensó que mañana también sería un hermoso día en que amanecería y apenas entraría luz por el ventano, y apartaría la ropa de la cama y el nuevo día la recibiría con un frío gélido y cortante en el rostro, que cogería la rebeca de encima de la silla y se la echaría por los hombros, al mismo tiempo que se estremecería del frío, iría e hasta el ventano y miraría a través de los cristales. Sí, estaría amaneciendo un nuevo día. Y la escarcha de la mañana se extendería como un manto blanco sobre todo lo que alcanzase a ver. Por encima de los tejados de la calle del río, por encima de la chopera, sobre los huertos, en las tierras, en la ermita, en la loma,… en el mundo. Parecería que hubiese nevado, pero no sería así. Sería una mañana fría del mes de febrero, una mañana de domingo aunque daba lo mismo el día que fuera. Le agradaría verlo, e incluso se le antojaría extraña esa sensación de placidez que le produciría el paisaje blanco. Le parecería una visión maravillosa, de cuento de princesas, de aquellos cuentos que había leído en la escuela cuando era pequeña. Miraría a su alrededor y se daría gracias por lo feliz que era. No podría imaginar, ni querría, que hubiese gente que no se sintiera feliz aquella mañana. Ella sonrió como ayer, como hoy, como mañana, como siempre.

Autor: Lobatus Sorianus